Fotografía: Movimiento Consciencia

Por Elideth Fernández

El pasado viernes 26 de junio recorrí la Ruta del Mezcal en la zona sur del Estado de México. Fui invitada por el profesor investigador Humberto Thomé Ortiz, quien desde la academia ha tendido puentes entre instituciones y comunidades. Fue un encuentro profundamente grato, enmarcado en un ambiente de camaradería ideal para adentrarse en las virtudes de esta bebida ancestral.

Más allá de un simple destilado, el mezcal resguarda una dimensión mística; es una bebida espiritual cuya creación se concibe como un diálogo entre la tierra, el fuego y el tiempo. Históricamente se le ha considerado un elixir ritual, un puente de conexión entre el mundo terrenal y lo sagrado, donde cada trago rinde tributo a los elementos de la naturaleza que permitieron la maduración del agave durante años.

El valor de esta experiencia se potencia al conocer la iniciativa del Gobierno del Estado de México, que convoca a productores, a la academia y a la sociedad civil para llevar a cabo programas de apoyo activo a los núcleos de producción de pequeña escala como política pública. Además de proteger el territorio, estas acciones buscan insertar el producto en el mercado bajo principios de justicia social, reconociendo y dignificando el trabajo de los maestros artesanos que han mantenido viva esta cultura a pesar de las vicisitudes históricas y económicas.

Otra virtud de este proyecto de ruta es que constituye un ejemplo vivo del modelo de quíntuple hélice. Este enfoque promueve la interacción colectiva y el intercambio de conocimientos a través de cinco subsistemas: (1) el sistema educativo, (2) el sistema económico, (3) el entorno natural, (4) la sociedad civil (basada en los medios de comunicación y la cultura) y (5) el sistema político.

La verdadera sorpresa: Una tradición sin tracción animal.

En lo particular, mi mayor alegría radicó en un hallazgo ético fundamental: en esta región, algunos productores han prescindido por completo de la tracción animal en la molienda. A diferencia de los métodos convencionales de la industria mezcalera —donde se emplean equinos en las tahonas o molinos de piedra para machacar las piñas cocidas del agave—, aquí la molienda se realiza de manera estrictamente manual. La tradición puede renovarse sin renunciar a su esencia.

Tras la jima (proceso que se realiza en el campo para cortar las pencas y dejar limpia la piña del agave) y la cocción de las piñas en hornos de piedra, las fibras del agave se colocan en canoas o tinas de madera. Los artesanos, con pesados mazos o palos diseñados para la tarea, golpean la materia prima. Es un esfuerzo físico formidable que extrae los jugos respetando los tiempos de la fibra, demostrando que la destreza humana puede sustituir con creces la crueldad animal, dando como resultado una bebida que verdaderamente armoniza con otras formas de vida, con las plantas y con los animales.

Este hallazgo me ha acercado a una bebida a la que no había prestado suficiente atención, pero que merece un profundo respeto. Su valor trasciende la cata técnica; es una experiencia que, tras compartir algunos tragos, detona una euforia lúcida y fraterna que une de forma auténtica a las personas. Aunque nuestro consumo siempre afecta al entorno, debemos tratar de lograr un equilibrio entre este y la reciprocidad de la tierra (si tomamos algo de ella debemos devolverle algo a cambio), eliminando el sufrimiento animal de la ecuación.

Sin embargo, nunca falta el matiz que nos devuelve a la realidad del territorio: durante el trayecto, en pleno campo abierto, la presencia de unas gallinas confinadas en una jaula estrecha nos recuerda que todavía queda mucho por hacer y aprender. Es evidente la necesidad urgente de educación comunitaria y sensibilización en los entornos rurales. Por otro lado, unos guajolotes caminan libres entre los agaves, aunque esa libertad, probablemente, sea temporal y esté limitada al consumo humano e injusto de sus cuerpos.

Enhorabuena a estos mezcaleros conscientes y sensibles. Han sido capaces de prescindir del sometimiento de otros seres: la justicia debe incluirnos a todos, o simplemente no es justicia.

Es evidente la necesidad urgente de educación comunitaria y sensibilización en los entornos rurales.