Reflexiones en torno al debate: « Toros sí, toros no » (1)

FUENTE: PieDePágina « Debatir con taurómacos es inmoral »

Entrevista de Antonio Ruiz del medio digital Sin Censura a propósito del artículo a Elideth Fernández: Taurinos buscan justificar crímenes, no se debate con el mal

Foto de portada de Patricio Monero (6)

 

Por Elideth Fernández y Flora Magú

El tirano no sería tan fuerte si no tuviera cómplices y no se hiciera de valedores involuntarios. El debate, sin duda, reivindica al adversario, lo legitima, así como a la argumentación y al tema que defiende. Todos los involucrados salen autocomplacidos porque han dado muestras de civilidad, de tolerancia, de inclusividad y explayado sus conocimientos. En el debate, esmaltado de amistosas y respetuosas formas, inevitablemente se exhibe y se proyecta una pantalla de compenetración mutua. En este caso específico, estamos ante una comunión de la misma naturaleza del beso que le da el verdugo a su víctima y objeto de su « gloria », el toro masacrado y agonizante postrado en cuclillas. El vencedor, a su modo, le otorgará « dignidad » al otro, dejándolo morir – pero « con honor » – ¡Olé!

Que el buenismo no nos confunda, el debate sólo enriquece y se debe dar cuando no conlleva implícita la maldad de unas de las partes. No procede concedérsele un espacio de expresión y de promoción de su discurso, incurriendo así en una complicidad de facto, cuando el objetivo de dicha parte es causar un daño y justificar un mal. El mal, entendido como la acción de infligir dolor deliberadamente a individuos con capacidad de sentir, y dotados de conciencia, en el marco de una afición personal defendida a toda costa, sin miramientos, sin escrúpulos, sin conmiseración, sin cordura… aún cuando ese mal, según ellos dicen, « no sea su objetivo ni su finalidad el mirarlo » (1), pero estando plenamente conscientes de él, porque precisan del suplicio ajeno para llevar a cabo sus rituales sectarios.

El taurino se atribuye la posesión de un privilegio infuso y exclusivo, mismo que está por encima de la moral y de la ética del vulgo, porque, sobra decirlo, él es el único apto para percibir la « condición suprema de la estética de la vida » (1). Sin embargo, la verdad es que, ante los ojos ordinarios de los que utilizamos un « lenguaje sórdido », como ellos nos lo reprochan, en contraste con su « elegante lenguaje » cuando se refieren a la tauromaquia, el nuestro no es más « sórdido » que lo que ocurre en una corrida de toros, donde hay crueldad, barbarie, sufrimiento, terror, bramidos, hedor, vómitos, excrementos, orines de la víctima designada. Todo esto ellos lo saben; todo esto lo ven, como también lo ven los niños presentes en esos espectáculos. Las imágenes son tan espeluznantes que aterrorizan al público no advertido. Incluso a los propios taurinos, pero sólo « cuando no matan bien », alegan. ¡Imagínese usted lo que la niñez absorbe, de lo que se impregna! ¿O es que los niños también están iluminados en la tauromaquia desde que nacen? No, se les va formateando, adoctrinados en la idea de que « no van a los toros a gozar con la muerte de un animal ni a recrearse en la sangre y la agonía » (1), adiestrados para ignorar los estertores y no oír sino los pasosdobles, para ver « un algodón de dulce » en las mallas fucsia (2) salpicadas de sangre. Es que « la tauromaquia es otra cosa, es que es un arte » (1); « Si a mi me gustan los toros no es exactamente por lo que se vive en la plaza, es por lo que vivo yo dentro de la plaza […] por la revelación estética que suponen » (1), insisten una y otra vez como única justificación a su dogma.

Un taurino de abolengo no va a ver prosaicas imágenes, incluso ni siquiera son dignas de mención en el arsenal de su terminología taurina majestuosa y elegante: liturgia, ceremonia, destreza, valor, estética, arte, pasión, nobleza, gallardía, temple, sacrificio, ritual… Se quedan con lo mejor, según dicen, con una « sensación difícilmente transferible como el mar… » (1). Lo peor se lo dejan al toro. Sus palabras son vanas y ociosas, sólo están al servicio del efímero goce personal que se alimenta de la inmolación que perpetran. Entre sus nociones rimbombantes y pomposas, no falta la blasfemia: « La tauromaquia es eucaristía, la tauromaquia es muerte, la tauromaquia es vida » (1). De la palabra más soez se puede componer un poema; ellos, con las suyas, orquestan todo un crimen.

¿Crueles? Para los taurinos las corridas no son espectáculos crueles, son solamente « cruentos ». ¡Y sostienen que el haber asistido desde niños no los ha embrutecido! La diferencia con actividades necesariamente cruentas, pero cuyo objetivo es hacer el bien (por ejemplo un cirujano) es que precisamente la de los toreros no busca salvar vidas, todo lo contrario. Con ansia, después de « la revelación de un sentimiento que es el toreo… » (1),  de « ese misterio, esa liturgia, esa condición de lo insólito y del asombro, que hay en el toreo… que no siempre se cumple » (1), esperan dar el espadazo que perfora y lacera los órganos del toro machacado previamente. Ante semejante tormento, no les importa que sólo sean unos cuantos los que sean capaces de valorar « el arte del toreo que es el toreo » (1) (sic). Uno sólo basta para que la tortura innecesaria e inútil de cientos de miles de toros, becerros y caballos avale sus « rituales sacrificiales » (3), que describen como sigue: « hay un cierto desequilibrio descompensado […] una cosa casi psicópata o psicótica de pensar […] ¿cómo es posible que este tío sepa que ese animal sufre y esté gozando con el sufrimiento de ese animal, yo estoy completamente consciente de que eso sucede […] hay un engaño natural del hombre que la inteligencia hace que se descompense, pero yo sí que creo que hay una belleza en ese combate, es una salvajada probablemente decirlo […] creo que no es inhumano lo que digo, creo que no me resta un ápice de sentido la defensa o convicción de que a un animal no se le maltrata gratuitamente sino que se le da una oportunidad de defensa y de combate […] en ese combate en esa especie de combinación de dos entes distintos lo que prima es la inteligencia. » (1)

Recriminan, condenan y se espantan de que la sociedad « animalista » (incapaces de diferenciar entre el animalismo, la protección animal, la liberación animal, etc.) no reconozca la jerarquía existente entre hombres y animales. En ese sentido, es precisamente en esa jerarquía en la que residen nuestras responsabilidades y deberes como sus custodios, y no como sus verdugos.

En un impulso de teología antropológica declaran: « Civilización quiere decir que Caín mató a Abel porque no podía matar a un toro. Tenemos una percepción de la violencia represiva, creemos que la forma de evitar ser violentos es despojarnos de todos los ritos, aspectos y situaciones que por lo visto provocan la violencia y es exactamente al revés, quiero decir que la violencia sirve para huir de ella, que la violencia es una catarsis […] la violencia como camino civilizador, la sangre como camino de catarsis » (1). Como vemos, entre sus múltiples y farisaicas coartadas, según ellos, la violencia brutal que ejercen en una corrida de toros los purifica librándolos de ser violentos en la cotidianeidad, por supuesto en oposición a lo que afirman los científicos y estudiosos de esas y otras parafilias, como claramente lo devela entre líneas la reveladora declaración siguiente: « La tauromaquia es una liturgia de una sociedad pulverizada que reivindica lo masculino pero no lo machista » (1). En otras palabras, la corrida no es un exorcismo de liberación del machismo y de la violencia, sino al contrario es el pretexto ad hoc para darles a éstos rienda suelta. El fenómeno de la violencia doméstica propia del gremio de la tauromaquia habla por sí solo. (4)

A los taurinos les molesta que se les diga sádicos, pero, si no lo son, como ellos lo refutan, ¿cómo es que guardan silencio cuando se les pregunta por qué, durante siglos, nunca se les ha ocurrido terminar instantáneamente y sin dolor con la vida de su víctima inmediatamente después de no haber sido « bien matada »? ¿Por qué la dejan, que son las más veces, retorcerse durante interminables minutos con sus vísceras desgarradas, agonizar lentamente entre vómitos de sangre y estertores de dolor inaudito, destrozándole la nunca a punta de descabellazos (fallidos, puesto que múltiples; múltiples, puesto que fallidos) hasta el momento de la anhelada puntilla, siendo que con mucha antelación podían haber terminado con su agonía, según la propia e invocada « lógica » de su « liturgia », con un fugaz tiro de gracia como hasta los peores criminales lo llegan a hacer? Se supone que en el momento de la estocada, buena o mala, termina su « acontecimiento de los toros ». No hay excusa pues para ese tiempo añadido que prolonga el suplicio, si no es el placer de maldad, de perversión y de sadismo. No hay más. Incluso durante el destazamiento del cadáver fuera del ruedo, generalmente, motivados por los adultos, llegan niños atraídos por una curiosidad malsana, en medio del hedor penetrante de la sangre todavía humeante que empapa a los carniceros y salpica a los mirones.

« No te quedes en la superficie de lo que ves, piensa que hay más » (1), exhorta una taurina aleccionando a los jóvenes. Desde luego hay muchísimo más, lo que hay atrás y entre bastidores. Cual perversos narcisistas que son, recurren al engaño y a la seducción, al uso y al abuso de criaturas para llegar al clímax; cientos de miles de inocentes ofrendados para prevalencia de su placer. « Al que no le guste que no vaya », reza su mantra; en ese sentido justifican abominables crímenes de diversa índole en el afán de resguardarse de los efectos de sus conflictos internos a la vez satisfaciendo y dándole rienda suelta a éstos. Es lógico, que dentro de la jerarquía de su tribal estructura de castas, no consideren como a sus iguales al lote de aficionados y de borrachos que hacen de la magnífica Plaza de Toros una cantina o una pasarela, instrumentalizándolos para sus fines abominables enardeciendo su morbo y su patología, y haciéndoles creer que ellos son igualmente capaces de descifrar « esa emoción estética, algo que arrebata los sentidos. » (1)

« La tauromaquia es un arte extremo […] un arte de vanguardia transgresor, incómodo, indisociable de su aspecto cruento y de su aspecto creativo […]  En su envoltura lúdica no hace sino recordarnos todo aquello que la sociedad ha decidido esconder. Cómo no va a escandalizar un acontecimiento que nos recuerda que nos morimos, un acontecimiento que nos recuerda que existe ese tabú […] La diferencia entre los toros y el teatro es que en los toros se muere de verdad » (1), exclaman con aplomo. En contraste con esta cosmogonía de taberna, en el imaginario de diversas culturas, como en el caso de la mexicana que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, la reflexión sobre la vida y la muerte, lejos de ser un « tabú », ha formado desde siempre parte intrínseca de nuestra cotidianeidad, de nuestra idiosincrasia y de nuestra naturaleza misma.

Transcribimos a continuación al señor Pérez Reverte, moderador del debate que nos ocupa:

 «Tengo perros desde hace tiempo, en los últimos años estoy mucho más cerca de ellos y me ocurrió en las últimas corridas a las que fui cuando vi los ojos de un toro agonizante, miraba los ojos de mis perros, esa asociación empieza a ser para mí muy dolorosa, muy conmovedora y decidí dejar de ir a los toros. Sin por eso estar contra la fiesta. Yo ya no disfruto de la fiesta y me retiro de la fiesta, pero eso no significa que esté contra ella, pero respeto la fiesta […] que va mucho más allá que la mera barbarie. Respeto a los toreros. No soy antitaurino. Yo soy consciente de que es la emoción la que se impone a la razón, yo veo a los ojos de mis perros, veo personas, no veo perros, sé que es una deformación, sé que no es verdad, sé que es mi razón que cede al sentimiento. Lo sé pero lo que siento cuando tengo mi perro aquí me emociona hasta las lágrimas […] mirar tanto tiempo a los ojos a mis perros [es] lo que me ha llevado a mirar a los animales a los ojos […] Proyecto sin quererlo yo, esa mirada en otros animales con lo cual me he vuelto mantequita blanda a la hora de hablar de violencia contra los animales. Las personas saben por qué sufren. Yo he visto hacer daño de verdad, no teórico, el animal no sabe por qué sufre […] la parte emocional de ver que un animal sufre sin saber por qué lo hacen sufrir, es lo que me hace que yo me vaya apartando, pero insisto no estoy contra los toros, pero dejo a los taurinos y me quedo en mi casa mirando los ojos de mis perros. » (1) ¿Quién, consciente de que el animal está suplicando compasión con su mirada para no padecer más sevicias, es capaz, con todo lo que su espíritu puede contener de egoísmo, de meramente decir: « Lo dejo a los taurinos y me quedo en mi casa mirando los ojos de mi perro »? En otras palabras:  que el mundo arda, que la injusticia prevalezca y la tortura siga mientras los míos estén protegidos y mi conciencia limpia aun a costa de abandonar a la víctima y dar la espalda a mis responsabilidades, a mis deberes y a todo aquello que yo podría hacer para salvarla a ella y cambiar el rumbo de las cosas. ¿Hay algo más infame que esto?

Don Enrique Villaseñor, « el fotógrafo taurino que prohibiría los toros » (5), fue testigo de cómo una banderilla mal clavada perforó la lengua de un toro, haciendo, al ser arrancada, volar su carne en jirones. De cara a tan impactante vileza, retumbaron en su conciencia los bramidos estridentes emitidos por el bóvido, cuyo sistema nervioso es similar al nuestro. En un impulso de dignidad, declaró: « He llegado a un momento de mi vida en que me duele más el sufrimiento de un animal que todo lo que yo pueda disfrutar ». Todavía se emociona al hablar de la tauromaquia, pero su moral le dicta que sentir no es consentir, y desde entonces combate en el frente abolicionista. De la mano con Homero Aridjis y la legendaria Brigitte Bardot, el otrora apologista de la « fiesta » fue miembro del jurado del icónico Certamen Internacional de Cartón « Toros Sí, toreros no » organizado por el Movimiento Consciencia (6). Hay otros extaurinos más que merecen reconocimiento, pero hablar de valentía será tema de un escrito posterior.

¿Por qué dos artistas se extasían en sintonía ante la belleza y la profundidad de la obra de Bach, de su perfección técnica, de su calidad estética y de su sublimidad artística, y estos mismos discrepan en su apreciación de la tauromaquia? Por una sencilla razón: la verdad del arte. Se engaña el esquizofrénico en su delirio pretendiendo que « no hay arte más supremo que el del toreo, [que] no existe un arte más completo en toda su aguerrida sensación de celebración [que] no hay un arte mayor y hablo de la poesía, de la música, del teatro, de la pintura, de la literatura », y abundando en su psicopatía, alucinando que « el toreo es el arte al que aspiran todas las artes, como todos los deportes aspiran al boxeo. » (1)

En estos términos transcurrió el debate entre reconocidos artistas, académicos e intelectuales sobre el pensamiento taurino y antitaurino, mismo que cumplió con su objetivo tácito, sin duda, en beneficio de la agonizante tauromaquia, espectáculo anacrónico que, desesperado y moribundo, busca restablecerse mendigando crédito por medio de debates embusteros basados en falacias y artimañas, dado que, como sus actores, es cada vez más repudiado por una sociedad crecientemente sensible y ya saturada, harta de hipocresía, de mentiras y de violencia.

No alcanzamos a comprenderte, taurino, cuando te escuchamos hablarnos de tu sentir, pero tú no concibes y ni siquiera entiendes el nuestro, el que sin duda nos diferencia porque es el de la empatía, el de la compasión, es decir, el del sentir junto con el otro, el del dolor mutuo que nos hace renunciar a lo que nos puede gustar o dar placer si esto conlleva el agravio o el sufrir de ese otro. Esto es lo que nos distingue y nos hace diferentes, más humildes, más humanos y más dignos. Somos tan « sórdidos », que desde la distancia abrazamos al toro y al caballo que tú atormentas, junto con ellos lloramos a lo lejos por el cruel destino que tú les has marcado, y nos conformamos modestamente con sublimarnos con la música inefable e inmortal de Johan Sebastian Bach.

En cuanto a ustedes, queridos compañeros antitaurinos, no hay que confundir la tolerancia con la obsequiosidad; no es así como se ganan las batallas, entregándose como carnada al adversario mientras éste se burla enredándolos en una maraña de lugares comunes y de fantasías absurdas, no obstante estructurados en una argumentación diseñada para seguir envolviéndolos y girando al infinito en su narrativa enfermiza, patológica, utilizándolos en debates cuyo único objetivo y resultado – lo decíamos más arriba – son los de dar espacio y así validar opiniones, inclinaciones y transgresiones que no tienen cabida. Conceder, muy a menudo es ceder, en especial en aquello que es inaceptable. Desmond Tutu decía que « Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor »; con mucho mayor razón cuando, aun no siendo neutral, pero dándole espacio y crédito a la voz de dicho opresor, se está admitiendo implícitamente que su parecer, su postura y sus fechorías puedan ser legítimas o tener razón de ser.

 

Elideth Fernández, fotodocumentalista, miembro de la Red de artistas e intelectuales por la abolición de la tauromaquia y del Movimiento Consciencia – Fundación Internacional por el Reconocimiento de la Consciencia y los Derechos Animales. Flora Magú – Redactora y asesora del Movimiento Consciencia.

(1) Debate que se llevó a acabo los días 16 y 17 de noviembre de 2021, a través de la Fundación Cajasol en su quinta edición de las jornadas «Letras en Sevilla», « Toros sí, toros no: ¿Cultura, tradición o barbarie? », coordinado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra.

(2) Mary Carmen Chávez Rivadeneyra, Programa televisivo « Toros y toreros », canal 11, lunes 23 de abril, año 2012. Sobre la entrevista « Los toros tienen el mismo sistema nervioso central que nosotros », que le realizó la escritora Elena Poniatowska a Elideth Fernández en el periódico La Jornada el 14 de abril de 2012.

(3) Fernando Sánchez-Dragó.

(4) Referirse a los estudios de la Dra. Núria Querol i Viñas sobre tauromaquia y violencia intrafamiliar.

(5) Entrevista a Enrique Villaseñor – https://www.eldiario.es/caballodenietzsche/fotografo-taurino-prohibiria-toros_132_4762944.html

(6) Jurado del Certamen: Jurado del Certamen:
https://www.facebook.com/certamenTSTN/photos/pb.116235941767006.-2207520000.1420163608./811066902283903/?type=3&theater